Crecí entre hilos, herramientas y creatividad. Mi madre, con un cuchillo de cocina en mano, desmontaba relojes, planchas y secadores... y conseguía que volvieran a funcionar. Aunque trabajaba fuera de casa y tenía poco tiempo, siempre encontraba un hueco para tejer, coser o reciclar un mueble. Supongo que mi pasión por el DIY y el reciclaje la llevo en la sangre.
Mi casa como laboratorio creativo
De adolescente no compraba la Superpop, yo ahorraba para revistas de decoración. Me fascinaban esas casas que mezclaban lo moderno con lo rústico, lo nuevo con lo recuperado. Cuando compramos nuestra primera casa —una casa nueva— disfruté pintando paredes, poniendo papel pintado y rescatando muebles. Pero lo mejor estaba por llegar: nos mudamos a una casa más grande y mucho más vieja. Fue como hacer un máster en bricolaje. Me siento súper orgullosa de haber reformado los baños sin obras. Lo que iba a ser temporal se ha convertido en permanente, porque nos encanta. La casa sigue en proceso de reforma, pero poco a poco, y reutilizando todo lo posible, la estamos convirtiendo en la casa de nuestros sueños.
La costura como revolución personal
Hace 14 años me compré mi primera máquina de coser. Al principio fue frustrante: todo lo que intentaba acababa en la basura. Me apunté a clases para aprender a usarla, y desde entonces se abrió ante mí un mundo de posibilidades. Cada proyecto de costura ha sido un aprendizaje, y poco a poco he ido llenando mi armario —y el de mi familia— de prendas cosidas o tuneadas por mí. No sabes el gustico que me da abrir los armarios y ver todo lo que contienen.